Biram

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Restos de Biram en la Alta Galilea, junto a la actual frontera con Líbano.

En ocasiones en  la Antigüedad, cuando un reino conquistaba a otro, los supervivientes eran deportados dentro del territorio del vencedor, proveyendo nueva mano de obra y obligando al mismo tiempo a los vencidos a sentir el mismo apego por su nueva patria que por la antigua, a la que se veían obligados a renunciar. Esto sucedió en el Levante al pueblo judío en numerosas ocasiones, como ocurrió con la invasión del imperio asirio de Sargón a finales del siglo VIII a.C., quien obligó a los habitantes del reino de Israel a asentarse en Mesopotamia, así como más tarde hizo lo mismo el rey Nabucodonosor (en el año 587 a.C.) con los habitantes del reino de Judea dos siglos después, deportando a la mayor parte de lo que quedaba de este pueblo.

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Sinagoga de Biram (siglo III d.C.). La región de Galilea reunió a gran parte de la comunidad judía desde la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.

Tras estos sucesos, lejos de venirse abajo, la población judía decidió crear un fuerte vínculo entre sí para evitar su asimilación por la etnia dominante y, sobre todo, evitar la desaparición de su cultura y costumbres. Es en esta época cuando se recopilan las diferentes tradiciones y se juntan por escrito en cinco libros (Pentateuco) las leyes judías o Torá, así como también se reúnen la mayor parte de los libros que conforman actualmente el Antiguo Testamento de la Biblia. Poco después, con la conquista del reino neobabilónico por el rey persa Ciro, los judíos pudieron volver poco a poco a la tierra de la que fueron expulsados, pudiendo vivir prósperamente bajo la paz que les otorgaba este rey persa dentro de su reino.

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Restos de las casas de Biram.

Esta tranquilidad no duró mucho, ya que tras la destrucción del reino persa de la mano de Alejandro Magno, primero los griegos y luego los romanos se valieron de masacres entre la población que acabó en una deportación masiva de los judíos restantes y la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito en el año 70 d.C., pudiendo regresar finalmente a su tierra por mediación de la ONU en 1948.

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Un caso parecido ocurrió en la aldea de Biram, cerca de la actual frontera con el Líbano. Su población la formaban unas mil personas cuando fueron obligados a huir de sus casas llevados por los vientos de la guerra, con la promesa de los conquistadores de volver una vez que la situación volviera a la calma, ya que nunca opusieron resistencia, algo que ocurrió también en otras muchas poblaciones de Galilea (donde se encuentra Biram), como por ejemplo Ikrit.

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A pesar de pasar los primeros días a la intemperie en la nieve, aún conservaban la esperanza de poder volver a su hogar y terminar así con su calvario. Sin embargo cinco años después, desde la vecina Jish en donde se habían finalmente refugiado, pudieron contemplar de primera mano como un ejército al que no consideraban enemigo, de un Estado al que ellos pertenecían de facto y de iure, destruía los edificios abandonados de su aldea natal. El motivo: crear una franja de seguridad entre dos Estados y disuadir a los refugiados huidos de la zona de albergar cualquier esperanza de volver a sus tierras.

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Paseo por los restos de Biram de la mano de Toomy Maghzal, uno de los supuervivientes.

Esto no ocasiono la desaparición de la comunidad de Biram, todo lo contrario. La población fue autorizada a enterrar a sus muertos en el pueblo, así como atender el culto, con lo que consiguieron transmitir un sentimiento de pertenencia a su tierra generación tras generación, a pesar de que fueron impedidos de realizar cualquier intento de reconstrucción.

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Algo sorprendente de los restos de Biram son los arcos interiores de las casas, típicos de la zona. A pesar de ser bombardeados los hogares por aviones israelíes, muchos arcos consiguieron mantenerse en su sitio, prueba de su excelente resistencia.

 

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Los arcos de los edificios eran construidos de tal forma que podían soportar mucho peso y ser aguantados solamente por finas columnas.

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Algunas estructuras, como el muro de la imagen, amenazan con derrumbarse. Sin embargo aún tienen prohibido cualquier labor de construcción.

A día de hoy, un visitante puede pasear por las ruinas de un pueblo[1] que, lejos de ser fantasma, sus habitantes cristianos maronitas se encargan de mantener todavía vivo y de reivindicar su derecho a la reconstrucción en cada celebración, cada misa y cada funeral: a día de hoy solo en un ataúd pueden conseguir el deseado reposo en su localidad natal.

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El paisaje de Biram contrasta con el de otras partes del país debido a su mayor pluvialidad.

 

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Iglesia cristiana maronita de Biram, centro alrededor del cual los supervivientes y sus descendientes se organizan para mantener viva la llama de Biram. A día de hoy aún celebran bodas, bautizos y funerales en su interior.

A pesar de que los juzgados israelíes les han dado en varias ocasiones la razón, tan solo el expresidente Isaac Rabin se comprometió a permitirles la vuelta, siendo asesinado poco después.

Al fin y al cabo esto no ocurrió hace más de dos mil años, sino hace sesenta.

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[1] Los restos de Biram se encuentran actualmente situados en medio de un parque nacional debido a que alberga una sinagoga del siglo III d.C., por lo que la aldea es accesible hoy en día solamente previo pago (unos 4 dólares).

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